Experiencias Enriquecedoras de alto rendimiento

Realizado por: Luciana Blix

José Landa atleta de alto rendimiento nos relata toda su experiencia en la ruta hacia el Chimborazo y de lo que la montaña le ha enseñado a partir de tres pilares fundamentales: mental, física y espiritual, nos cuenta detalladamente sus vivencias y la manera en la que el gestiono con todas las herramientas que se encontraban a su alcance.

Para entrar en contexto el Chimborazo es un volcán ubicado a unos 150 kilómetros al sur de Quito, capital de Ecuador, posee una altura desde el nivel del mar de 6268 metros, dándole así la categoría de ser el Volcán más alto de la Cordillera.

“Sueño por unos minutos ser la persona más cercana al Sol en la Tierra”

Así empezó la aventura en Ecuador, siguiendo sueños imposibles, pero voy a arrancar un poco más atrás porque a pesar de que siempre he sido un soñador, conozco que para materializarlo hay mucho trabajo, disciplina, esfuerzo y gozo detrás.

Durante el año 2020 vivímos uno de los años más atípicos en la historia, un cambio de curso drástico debido a la pandemia que asotó al Mundo. Gracias a esto se cancelaron las competencias y por ende los planes que los corredores teníamos y que habíamos trazado. Sin importar, junto con un grupo de amigos decidimos seguir entrenando a tope y no sólo eso sino que dimos uno de los pasos más grandes deportivamente hablando que además se empezaría a reflejar en otros aspectos de la vida; ser entrenados por un atleta olímpico (Juan Luis Barrios)  y ser tratados como verdaderos atletas de alto rendimiento. Normalmente dentro de cualquier entrenamiento de maratón uno consideraría que ya está muy por afuera de la zona de confort pero no siempre es así y la nueva rutina no nos iba a dejar estar ni un día dentro del confort. Esto no sólo me mantuvo motivado si no que con este entrenamiento empecé a tener competencias diarias, antes el reto era el día de la carrera, ahora el reto era diario. Además, el coach siempre ha sido muy dedicado a explicar el sentido de los entrenamientos y por primera vez empecé a entender el por qué de cada entrenamiento y comencé a trabajar de acuerdo a frecuencias cardiacas, cosa que iba a impactar mi desempeño en la montaña.

Durante meses me estuve preparando con la mira puesta en un maratón, durante los meses de diciembre y enero estuve corriendo más de 250 kms con sesiones de más de 20 kilómetros, entrenamientos de cambios de ritmo que elevaban mi frecuencia cardiaca a números máximos y periodos de recuperación cortos y activos que obligaban a mi cuerpo a recuperar sobre la actividad.

A finales de Enero, hablando con Vanessa Estol, primera mujer Uruguaya en llegar a la cima de un 8,000 (Manaslu), surgió que se llevaría a cabo una expedición el 15 de febrero a Ecuador. El objetivo sería subir a la cumbre de 4 montañas durante 9 días, la última montaña sería el reto más grande, el punto más cercano al espacio en la Tierra. A decir verdad, sonaba bastante atractivo, era un Jueves por lo que decidí el fin de semana ir a sentir mi cuerpo en altura en el Pico de Orizaba para saber como me encontraba. Una vez que bajé del Pico, me comprometí con el sueño que tenía. De no haber sido por el último año que me encontré continuamente entrenando a tope, no hubiera podido tomar esta oportunidad tan repentinamente. El entrenamiento siguió durante un par de semanas, la motivación fue incrementando, los nervios comenzaron a aparecer, no sólo en mi si no también en mi familia, las compras de las cosas que hacían falta de equipo, los seguros de rescate en helicóptero y las medidas que hay que tomar fueron llevadas a cabo.

Cuando preparo una meta siempre me ha gustado darle un vistazo 360 grados, tratarla de ver desde todos los diferentes aspectos. Afortunadamente, siempre he estado rodeado de gente que me apoya en mis locuras y que me ha ofrecido una mano amiga y profesional para auxiliarme.

El entrenador Juan Luis Barrios, ayudó a prepararme físicamente y adecuar el final del entrenamiento para llegar en el punto óptimo a la expedición. Cuando me fui, gracias a los entrenamientos, tenía un volumen de 63 milímetros cúbicos de oxígeno entre una inhalación y exhalación, nunca antes había tenido este nivel, una persona que acostumbra estar activa físicamente con un entrenamiento pero no es de alto rendimiento, tiene un volumen aprox de 48 mm3. Esto significa que con cada bocanada de aire, entraba más oxígeno. En la altura, la respiración se acorta y obliga al corazón a bombear más rápido por lo que mi capacidad  de oxigenación ayudaría a que mis pulsaciones se mantuveran lo más bajas posibles.

Mi psicóloga con la que llevo un poco más de dos años trabajando sobre un mantra de “Embrace Discomfort” es otra de las personas que me ayudó a cerrar la preparación y ayudarme a que me diera cuenta que iba preparado y sobre todo calmado. De igual forma, Luciana Blix me apoyó con la psicología deportiva, se comprometió con mi proyecto, me ayudó a que pudiera visualizar mis objetivos, a que arrancara los días con energía diferente, a que hiciera consciente las cosas y las usara como revulsivo, a motivarme.

Mi nutrióloga, Ana Fer Illescas, me tenía entrenando en 68.8 kilos con un porcentaje de grasa muy bajo para poder ser rápido y en 3 semanas tuvimos que ajustar la dieta para ganar peso que terminaríamos perdiendo durante la expedición. Engordé 4 kilós hasta 72.7 kg.  

Mi doctora, Alejandra Valle, otorrino que cuando tengo proyectos de este tipo me ayuda a analizar los riesgos de salud de la región, de la actividad y de mi persona, me ayudó a planear el botiquín que llevaría buscando prevenir cualquier tipo de imprevisto. De igual forma el doctor deportivo Jorge Galindo, quien es amigo mío desde la infancia me ayudó a salir de distintas lesiones y nunca abandonar el entrenamiento y la clínica Vitafisio me ayudó a prevenir esto y lesionarme lo menos posible. Cada semana me recibieron para descargarme y darme una terapia para estar lo mejor posible.

Por último, pero más importante; mi familia y amigos. No están acostumbrados a estás actividades y espero nunca se acostumbren porque en ellos me inspiro y ellos hacen que trate de ser lo más consciente posible y evite los riesgos mayores. A veces, ellos me devuelven el miedo necesario que he perdido.

Una vez que finalizó la preparación, llegó la hora de partir con una maleta llena de sueños. Dos duffel bags y una mochila. Mis papás me llevaron al aeropuerto para despedirse y de esta manera despegamos con destino a Ecuador.

En el avión como es costumbre para mí, me encontraba muy reflexivo, leía las cartas de mi familia que guardo en un cuaderno para cuando me voy de expedición junto con unas fotos con ellos y mis amigos. Pasaron por mi cabeza miles de pensamientos y recuerdos de la preparación que había pasado para poder tener esta oportunidad. Acompañado de una música inspiradora, llegué a Ecuador con toda la energía del mundo. Algo que no hubiera sido posible sin haber sentido todo el apoyo de mucha gente que me ha reconocido el esfuerzo, a ellos, les agradezco infinitamente.

Una vez en Ecuador, llegamos a la hacienda Rumiloma, hotel en las afueras de Quito, a 3,200 msnm, rodeada de bosque y naturaleza, en el interior ventanas en los techos para que pudieras despertar con luz natural o ver la luna y las estrellas desde tu cama, un lugar impresionante. El cuarto lo compartía con Emmanuel Ledezma, con quien estaría compartiendo cuarto por el resto de la expedición. Durante el viaje  nos daríamos cuenta que era el escalador más rápido del equipo, rompió un record llegando al refugio de los Iliniza (4,700 msnm) subiendo en tenis valenciaga.

La primera cena fue donde nos presentamos los primeros ya que el equipo se iría completando sobre el camino. Cenamos Oliver, Ossy, Emmanuel y yo. Oliver, es un atleta de altísimo rendimiento de Inglaterra, “Man on a misión”, nada lo puede mover de cumplir sus objetivos. De profesión, financiero y ex jugador profesional de polo.

En esta cena tuvimos la oportunidad de platicar por primera vez con uno de nuestros dos líderes, Ossy Freire, la leyenda ecuatoriana. Ossy, ha subido 3 veces el Everest, una sin oxígeno, es guía de montaña en todo el mundo, este año buscará la cumbre del Everest nuevamente y después del K2, prácticamente tiene todas las cimas importantes en su haber. Platicar con él de sus experiencias en el Hilary Step, del record de ascender las 9 cumbres más altas de Ecuador en 20 días, de sus largas expediciones a la Antártida para subir el monte Vinson, fueron algunas de las cosas con las que nos deleitó y con las que nos empezó a enseñar y transmitir toda su experiencia, conocimiento y seguridad.

Al día siguiente se unió prácticamente el resto del equipo con excepción de una persona. Llegó nuestra líder alpina Vanessa Estol lista para seguir y tomar esta oportunidad como entrenamiento para el Monte Everest, sin ella, nada de esto hubiera sido posible, ella nos convocó y juntó a un grupo de desconocidos que terminarían siendo como familia al final. También llegó Diego Gutierrez de Guadalajara quién es un corredor sumamente veloz, tiene una gran experiencia en montaña habiendo ya subido entre otras el Denali, montaña en Alaska que pone a prueba tu resistencia a los campamentos extendidos, al frío y la atención al detalle. Malu Loyo, se unió igualmente, ella es una mujer sumamente fuerte, con una atención al detalle impresionante y mucho cuidado de las cosas, su extensa experiencia en las montañas le permitió enseñarme mucho, una de las enseñanzas que me marcó es que en la montaña hay que resolver todo en el momento que surge, no podemos esperar porque puede hacerte perder energía y ser contraproducente más adelante. Ella está en búsqueda de las 7 cimas, son las cumbres más altas de cada continente. Hasta el momento lleva 3, Denali, Aconcagua, Kilimanjaro y próximamente estará buscando la cumbre del Monte Everest.

Así, comenzamos ese día los ascensos. Empezaríamos por una montaña con pocas complicaciones pero con una naturaleza impresionante. Al no ser muy alta tiene más vegetación que lo que normalmente encuentras. Iniciamos con el Rucu Pichincha que nos tomó aproximadamente 6 horas para subirlo y bajarlo, cerca de 10 kilómetros y una altura ganada de cerca de 800 metros para empezar con la aclimatación y las cumbres. El clima nos permitió hacer cumbre sin ningún contratiempo, ya empezaba a sentir mi cuerpo como estaba reaccionando a los primeros minutos en altura, a los primeros esfuerzos y al entrenamiento. A ser sincero, me sentía bastante fuerte y no tuve problemas en este primer ascenso. Disfruté mucho de conocer de primera mano las historias de Vanessa, subiendo a la cumbre de Manaslu, cómo empezó su trayectoria que la llevaría a ser actualmente una referente del alpinismo conocida por todo el mundo. Ese día llegaríamos a la hacienda Rumiloma a pasar nuestra última noche donde cenaríamos con un grupo de americanos que nos transmitirían su experiencia en las montañas ecuatorianas y donde surgió por primera vez, del ingenio de Malu, el nombre de nuestra expedición “TEAMBORAZO” (haciendo referencia al equipo y el volcán que intentaríamos subir más adelante “El Chimborazo”).

Al día siguiente por la mañana debíamos empacar 3 diferentes maletas; la primera con la ropa de extremo frío que estaríamos mandando a Tambopaxi, lugar en las faldas del volcán Cotopaxi, en esta debía ir empacado el pantalón de pluma, la chamarra de pluma gruesa, para algunos las botas dobles, un juego de pantalón y playera de underwear. En la otra maleta debíamos enviar lo que las yeguas nos harían el favor de subir al refugio de los Ilinizas, en esta debía venir el slpeeping, el casco, las botas de alta/media montaña, el piolet, los crampones. Por último, la day bag; en esta debíamos traer, una chamarra de pluma media, chamarra y pantalón rompevientos, foodies/snacks, 2 o 3 litros de agua, kit de emergencia entre otras cosas que pudiéramos necesitar durante el día, esta es la que cargaríamos durante el trayecto al refugio.

Llegamos al punto de partida donde dejaríamos los coches en la falda de los Iliniza, de ahí haríamos un hike de aproximadamente 3 horas y casi 800 metros de altura ganada hasta llegar al refugio. Durante el camino se fueron descubriendo las vistas de los Iliniza, dos montañas parecidas resultando semi técnicas. El clima cambió en un momento soplando mucho viento y trayendo una nube muy húmeda a donde estábamos, esto nos obligó a ponernos los rompe vientos y seguir subiendo hasta alcanzar el lugar donde pasaríamos la noche. El refugio era una cabaña con aproximadamente 20 lugares para que pasen la noche. En él, el que sería nuestro cocinero de apodo “Gato”, para nosotros nos cocinó unos camarones espectaculares, una sopa y un poco de arroz con pollo. Definitivamente el nivel de los servicios alrededor de la montaña en este país son muy superiores a los de México. Esta fue la primera de las cenas donde pasaríamos más tiempo solos en equipo llegándonos a conocer. Con nosotros para esta montaña, dos guías espectaculares; Ramiro y Paul.

Durante la cena comenzamos a analizar el por qué escalar, los riesgos que hay en la montaña, debatimos acerca de los niveles de oxigenación que estaban bajos alrededor de 87%, cada vez haría más frío y todos estábamos enfocados en tomar todo el té necesario para hidratarnos, ayudar al cuerpo a aclimatar y agarrar calor. Antes de dormir, el gato nos haría favor de calentar agua para poder llenar las botellas y meterlas al sleeping para calentar los pies y prevenir despertar con frío o sufrirlo en la noche. Está sería la primera noche a 4,700 msnm donde mi cuerpo se comportó muy bien, dormí sin problema y desperté mejor aún, con mucha energía listo para desayunar un té, un poco de avena y salir a los que buscaríamos que fuera nuestra segunda cumbre. Una vez más antes de salir había que reempacar nuestro day bag con las cosas que necesitaríamos y dejar en la duffel lo que se podría bajar a los coches por las mulas.

Salimos un poco más tarde de lo planeado ya que había una nube muy húmeda pero una vez que arrancamos lo hicimos con paso firme. Como diría Malu; Pole Pole, sin agotar energía de más y cuidando todos los detalles. En esta montaña encontraríamos diversos pasos en roca, partes donde había que estar sujetados a la cuerda para evitar un accidente, pendientes grandes que pusieron a prueba la ansiedad y sacaron a relucir la calma y concentración que acompañaba al Teamborazo. Llevé una go pro con la que grababa los pasos de la gente, video que después no enviaría a mis papás para evitar ponerlos nerviosos de lo que estaba haciendo. Durante el ascenso el cielo se despejó permitiéndonos ver el Cotopaxi a lo lejos y algunos otros picos de Ecuador, sin duda un paisaje espectacular que había que parar para contemplar. En la parte física mi corazón se mantuvo a la altura de lo entrenado, en ningún momento rebasaba las 86 pulsaciones por minuto, ni cuando superamos los 5,000 metros de altura. Lo que no se encontraba muy bien era mi oxigenación estando por debajo de 80%. Realmente no tenía molestias por lo que pude disfrutar de un gran ascenso y que lográramos la segunda cumbre del viaje. Después nos esperaría el descenso por algunos arenales tomando otra ruta hasta los coches. En el descenso encontrábamos al equipo más callado, contemplando cada uno por su parte los paisajes, algunos escuchando un poco de música, todos contentos de haber logrado la segunda y aprovechando para interiorizar. Llegamos a los coches y después de comer unas rebanadas de queso que llevábamos, nos subimos para ir a un pueblo que permanecía a más de 3,000 mts de altura donde pasaríamos la noche en un hotel. Como dicen; climb high, sleep low.

Aquí iríamos a un restaurante de pizzas para cenar donde nos encontraríamos con Ossy y la última incorporación al equipo, “Luis Ma” o Luis Mario, persona que llegó a levantar aún más el humor del grupo y que durante el resto de la expedición haría que los momentos tensos se volvieran alegres. Él esta en búsqueda de las 7 cumbres, ya tiene experiencia en las montañas y había estado en Ecuador pero buscaba la revancha con el Chimborazo que no lo había dejado subir en su expedición anterior. Después de pasar una noche con muchas risas donde salieron a relucir los altos niveles de albures, regresamos al hotel donde dormiríamos y descansaríamos para al día siguiente trasladarnos a la región y los al rededores del Cotopaxi.

A la mañana siguiente despertamos y fuimos a desayunar donde Luis Ma encabezó una dinámica para conocernos más donde cada uno dijo sus motivos para escalar, en lo personal, les conté que en la montaña había encontrado un lugar donde debía tener los pilares (físico, mental y espiritual) bien balanceados, un lugar que me permite retarme y conocerme, espacio donde nos damos cuenta de lo diminutos que somos y que tenemos que aprender a desapegarnos de lo material, de las emociones y de la comodidad. La mayoría coincidimos que una de las cosas que nos gusta es buscar salirnos de la zona de confort y lidiar con la incomodidad de la situación y al final con nosotros mismos durante jornadas extensas. De igual forma nuestro líder nos deleitó con un consejo; “no importa lo que suceda, sigan escalando. Escalar forma mejores personas.” Al terminar la sesión de conocernos más, tomamos los coches para dirigirnos a dejar ciertas cosas en Tambopaxi y comenzar nuestro ascenso al refugio del volcán; una vez más, la actividad más recurrente en una expedición como estas, a reempacar 2 maletas.

Después de un viaje de aproximadamente 3 horas donde pude parar a comprar algunos recuerdos para mi familia, llegamos a Tambopaxi a dejar las maletas y arrancamos con un hike para llegar al refugio Jose Ribas que se encuentra a 4,800 metros de altura. El hike nos mostró que había un clima muy malo y que se encontraba completamente húmedo. Se sentía bastante frío obligándonos a algunos a ponernos nuestra pluma media. Llegamos al refugio donde cenamos una sopa y carne, en la mesa estuvimos comentando las pocas probabilidades que se veían de subir durante la madrugada, el plan inicial era salir alrededor de la 1 am. Desmotivados pero sin perder la esperanza, nos fuimos a nuestras camas. Conseguir sueño fue complicado ya que estaba cayendo un tormentón y continuamente se escuchaba como si hubieran derrumbes de avalanchas pero era la nieve del techo del refugio que se removía. Alrededor de las 6 am el cielo se despejó permitiéndonos salir a escalar. Había caído demasiada nieve por lo que no sabíamos las condiciones. Comenzamos a subir con un amanecer espectacular, ya nos encontrábamos por encima de las nubes bajas y el Sol salía de nuestro lado izquierdo. Lo suelto de la nieve nos obligaba a dar pisadas con autoridad tratando de clavar los crampones, si uno se salía de la huella, se hundía completamente. Arriba, nos encordamos. Mi cordada era con Panchar, ecuatoriano experto en montaña y Diego, nosotros tres seríamos los que compartiríamos cuerda. Cuando uno se amarra con los demás, la intención es traer la cuerda lo más tensa posible para que si uno cae los demás eviten que sea muy prolongado, sobre todo en montañas como el Cotopaxi donde pasas por encima de grietas profundas. Con tus hermanos de cuerda compartes, éxitos, pasión, malestares, momentos y diálogo ya sea cuando alguno necesita apoyo o cuando hay que tomar una decisión en conjunto. Llegamos a un momento donde las paredes de hielo y nieve formadas dejaban ver que no era una situación de bajo riesgo, realizamos perfiles en la nieve donde se pudo ver que había distintas capas de nieve con diferente composición. En la parte más alta había la nieve floja de la tormenta de la noche, seguida de una capa dura, después una capa suave y después de eso una amplia capa de nieve que cae en forma de canicas la cual no se compacta y hace que el terreno donde estás parado sea como una tabla sobre canicas haciéndola sumamente inestable y provocando que el riesgo de avalancha sea realmente alto. Sin tener muchas opciones tuvimos que dar vuelta abajo llegando alrededor de los 5,700 metros de altura. Realmente nos encontramos decepcionados de no haber alcanzado la tercera cima y quedarnos a unos 200 metros de altura de alcanzarla pero el aprendizaje acerca de la composición de la nieve y el haber aceptado que era una situación que nos ponía a todos en riesgo nos trajo calma y felicidad esperando que nuestro último reto pudiera ser alcanzado. Corporalmente las enseñanzas fueron buenas y dejaban ver que las piernas aún se sentían con fortaleza, si bien ya sentía que había perdido algunos kilos y sobre todo grasa, la fuerza se mantenía e incluso incrementaba, mi corazón cada vez se sentía mejor en la montaña y sólo había momentos de ligera nausea pero nada de gravedad.

Por la tarde regresamos a Tambopaxi donde cenaríamos y pasaríamos tiempo en equipo, leyendo, escribiendo, estirando, escuchando música y disfrutando de tiempo con nosotros mismos y con la naturaleza. Al día siguiente nos esperaba un día de 4 horas de traslado para llegar a la región del Chimborazo.

Nos despertamos e iniciamos nuestro camino a las faldas del Chimborazo, en el coche atravesamos carreteras que se encuentran a más de 4,000 mts de altura. Y a un costado la base del volcán, nunca había visto una montaña tan ancha. Era imposible verla porque las nubes la cubrían. Al llegar al refugio donde pasaríamos la noche, salimos a hacer un hike a ver el atardecer en un cañón donde se practica mucho la escalada de roca, comenzaba a sentirse frío y los nervios nos hacían querer buscar estarnos hidratando y conservando la energía para el día siguiente. Por la noche tuvimos una cena donde surgieron los temas en equipo, Oliver nos leyó alguna frase de Winston Churchil para conseguir inspiración y todos platicamos de cosas personales que nos permitían conocernos mejor entre los miembros. No era una dinámica, simplemente el bonding que generas en la montaña con los compañeros te vuelve sumamente cercano y demostraba que el grupo estaba lo suficientemente maduro y con confianza entre los miembros para aforntar un reto de la magnitud del Chimborazo.

Al irnos a la cama, me costaba trabajo conseguir el sueño, conecté mis audífonos y me puse a escuchar música pensando en todo el trayecto que había recorrido, como había iniciado mi vida en la montaña, mi vida de alto rendimiento y como había conseguido el darme la oportunidad de subir al punto más cercano al espacio con un equipo que reunía tanto talento y conocimiento, sin duda de elite. Mientras lograba motivarme mi compañero de cuarto se sintió mal ya que la comida le había caido pesada y eso hizo que me levantara a ofrecerle una medicina pero la idea en la cabeza de que te puede pasar a tí empieza a rondar. Sin duda, hace varios años yo era medio hipocondriaco y se me quitó en mi primera experiencia en Nepal, esta vez me demostré un mayor grado de madurez y control que me permitió aislar los momentos y darme cuenta que yo me encontraba bien y me sentía fuerte e inspirado.

Después de dormir alrededor de 7 horas nos levantamos, a lado mío en la cama estaba la ventana que me permitía ver las veredas muy verdes, me desperté y comencé a leer mi libro para seguir descansando y sumando energía. Después, desayunamos y nos dispusimos a irnos al último lugar permitido para llegar en coche a las faldas del volcán. Al llegar estaba cayendo un tormentón donde caía mucha nieve y nos hacía pensar que sería poco probable que lográramos escalar pero todos conservábamos el ánimo. Bajó un poco la intensidad de la tormenta y comenzamos a subir por una ruta que nos tomaría aproximadamente 3 horas y media a un buen paso para alcanzar el high camp situado casi a 5,300 metros sobre el nivel del mar. Luis Ma, Diego y yo fuimos juntos, Diego y yo escuchábamos música que nos permitía relajarnos un poco y mantener la inspiración ya que estaba resultando complicado subir después de la semana que habíamos tenido y los nervios de lo que se aproximaba.

Al cabo de un poco menos de 3 horas llegamos al high camp, dejamos de lado nuestros crampones, piolet y de más material y nos dispusimos a inflar el bajo sleeping y acomodar donde dormirámos. Un domo donde nos apretamos para estar pegados, no pasar tanto frío y poder descansar lo más posible. Una vez instalados nos fuimos al domo donde se encontraba la cocina, ahí estaban dos cocineros preparando agua caliente y la comida, el clima era bastante frío y mientras hablabas salía vapor de la boca haciendo que se viera una escena extraída de Hollywood ya que nos econtrábamos en la cocina, tomando té y escuchando Superstition de Stevie Wonder intercambiando risas y tratando de vivir esos momentos lo más relajados posibles.

En mí ya empezaba a sentirse un ligero malestar estomacal que logra ponerte un poco nervioso de que no vaya a intervenir en tu fuerza durante el ascenso.

Terminamos de cenar y alrededor de las 6:15 pm nos fuimos a acostar sabiendo que a las 11:30pm saldría la primer cordada conformada por Ossy, Vanessa y Malú rumbo al Summit push y las otras 3 cordadas saldríamos una hora más tarde.

Durante la noche acomodé mi maleta a mis espaldas para tratar de dormir inclinado y no totalmente acostado, cosa que me permite oxigenar mejor y despertar con menos dolor de cabeza. Al intentar dormir, la cabeza empieza dar vueltas y los pensamientos a rondar, los nervios cobran factura, uno siente la respiración corta, el corazón bombeando a 90 pulsaciones por minuto, esto estando acostado, y la mente sabe lo que está sucediendo provocando dificultad para dormir. En lo personal, lo que hago es pensar en el mal o lo que me tiene nervioso, eso hace que lo haga consciente y al estar pensando en eso sin temor, la mente solita me desvía a otros pensamientos hasta que te das cuenta y has dormido un lapso de 45 minutos, despiertas, tomas un trago de agua y vuelves a intentar dormir, así hasta que te da la hora de despertar y comenzar a alistar las cosas para el Summit push. Desperté por completo media hora antes de la hora programada por lo que inicié mi rutina para motivarme; con mis audífonos veía los videos que me había enviado mi familia de mis sobrinos, escuchaba canciones que me permitían tener una energía positiva y leía una carta que me escribió una persona muy especial que conseguía darme mucha motivación e inspiración de cara al reto, con esto mi llama interna se conservaba con un calor abrumador y unas ganas de progresar inmensas.

Llegó la hora y fuimos a tomar un poco de agua caliente, desayunar un pan con una mermelada, tomar un café y ponernos las botas, crampones, linternas, arnés y todo material necesario para el ascenso. En mi cordada, Panchar, Diego y yo, salimos en ese orden siendo yo el que venía hasta atrás y siendo Diego el que tenía que brincar la cuerda para cambiarla de lado cada que dábamos un giro y encarábamos con un nuevo perfil la montaña. Ellos dos, mis hermanos de cordada, y yo veníamos motivándonos constantemente. Al salir, el frío y las montañas anteriores provocaron en mi un dolor en el tendón donde le clavaron la flecha a Aquiles, esto provocó que buscara sustituir esfuerzos con los dos brazos y la otra pierna para evitar el desgaste y el dolor. Comenzamos y al cabo de una hora y media alcanzamos la arista de la montaña, las ráfagas de viento ya se sentían y nos obligaba a ponernos una pluma media. Sin dudar, seguimos avanzando y al cabo de media hora el clima nos obligaba a parar una vez más para ponernos los mitones de alta montaña y cambiarnos la pluma media por una pluma gruesa, el frío en los pies y las manos era realmente duro y solo se escuchaba como nos quejábamos del dolor de los dedos pero sabíamos que moviéndolos se podía quitar, que no debíamos parar y que en algún momento el Sol saldría y conseguiríamos un poco más de calor, era el momento de sacar los aprendizajes de resiliencia y soportar ese malestar momentaneo que nos estaba produciendo el frío.

Seguimos avanzando, Diego sentía un poco baja su energía por lo que el esfuerzo que empleaba era realmente admirable, nos detuvimos a tomar el primer gel que compartimos y el cuál nos iba a impulsar. La montaña era un glaciar interminable con una pendiente realmente pronunciada que te hacía sentir que tus compañeros de cordada iban dos pisos arriba de ti cuando solo te separa una cuerda de alrededor de 2-3 metros. Una locura que te hace sentir que subes escaleras sin fin y que cada paso que das hay que ir pateando la nieve para formar un escalón y poder conseguir pisar con seguridad.

Después de unas horas, el Sol comenzó a salir, el viento y las ráfagas se sentían pero ya veíamos la primera cumbre, la cumbre Veintimilla a 6,200 metros. Nos encontrábamos rebasando la barrera de los 6,000. Yo, normalmente en la montaña me encontraba con pulsaciones relativamente bajas (85 ppm), al llegar a la barrera de 6,000, daba un paso y descansaba 3 segundos y mi corazón latía a 110 ppm. Un esfuerzo para el cuerpo realmente complicado, el equilibrio no es el mismo, la cabeza duele un poco y la respiración es como si estuvieras en un entrenamiento de intervalos solo que estás apenas dando pasos, la maleta que cargas se vuelve más pesada pero eso solo significa que estás más cerca de la cima.

Alrededor de las 6:45 am llegamos a la primera cumbre y nos esperaba una travesía relativamente plana de 40 minutos con subida al final para llegar a la cumbre real. Nos dimos a la tarea de recorrerla hasta llegar donde nos dimos un abrazo para coronar el esfuerzo. En este momento es inevitable soltar un poco de presión, aflojar dejando salir varios sentimientos y emociones que mantuve contenidas durante el proceso de preparación y el ascenso; en mi cabeza pasaba un cortometraje de todo lo que había hecho, de toda la gente que amo, aquellas personas que me inspiraron a lograr algo sumamente complicado, recordar a quienes me apoyaron para conquistarme. Como le prometí a mi abuela y mi tía Mary, llegando a la cumbre hablaría con mi prima que me cuidó todo el camino por lo que del esfuerzo y de la nostalgia terminé de rodillas sobre la cumbre y se me salieron las lágrimas. Luis Ma, capturó ese momento en una foto que se ha vuelto de las más especiales para mí y de las que más significado tienen. Pasamos alrededor de 40 minutos en la cima y por el frío bajamos nuevamente ya que realmente molestaba y era complicado agarrar calor sin moverse. La vista era impresionante y el cielo tiene un azul diferente, más oscuro, más de espacio. Las nubes quedan realmente bajas y solo estás ahí, donde empezaste a soñar. En el punto más cercano al espacio sobre el planeta Tierra.

Aún faltaba lo más importante, bajar con bien y regresar con mi familia. Por lo general, la subida suele ser menos intimidante ya que le das un perfil a la montaña pero a la hora de bajar siempre tienes de frente la pendiente. Afortunadamente la ansiedad y el nervio se pudieron controlar, mis piernas aún estaban muy fuertes y nuestra cordada tiró la bajada en línea recta siendo solo detenidos por la nieve suelta.

Logramos bajar al high camp donde desayunamos unas pizzas y esperamos al equipo que se completara, comentamos lo exaustos que se encontraban nuestros cuerpos, lo quemados que estaban nuestros rostros y resecos pero lo increíble que había sido la cumbre lograda. Sin poderlo evitar, algunas lágrimas en el rostro después del aviso a los familiares de que estaba con bien y que había logrado lo que me había propuesto.

Realmente uno cree que celebra una cumbre pero lo que uno conquista es a uno mismo, logrando estar por unas 16 horas acompañándose internamente, sabiendo sufrir cuando hay que sufrir y gozar cuando hay que gozar. La conquista no es a la montaña es a la persona.

De regreso cenamos en conjunto para celebrar el cierre de la expedición y durante la madrugada tomé mi vuelo de regreso a México para encontrarme con lo más difícil de la experiencia; llegar a casa y no poderle dar un abrazo a mis papás por el riesgo del COVID pero verlos fue realmente reconfortante.

Esta experiencia me dio un parámetro y me permitió conocer a gente realmente conocedora y experimentada en las montañas por lo que pude comprobarme que mi nivel se encuentra realmente en una posición privilegiada y que si mi sueño es llegar a la cima del mundo, estoy recorriendo el camino correcto y cada vez me encuentro más cerca.

“I learned how to climb, to my head and to my emotions”

“Estaré por siempre agradecido con Teamborazo, my mountain family”

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